Como siempre, con mi niño pequeño, en la bañera, jugamos a hacer flotar sus patos de goma. Siempre hacemos igual: por lo general la primera vez que cae el pato se escora o se da la vuelta, y hay que colocarlo derecho. Cada vez que uno se cae le digo:
- ¡oooohhhh! Se ha caído....y él me replica, mirándome con pena:
- ¡ooooohhhh! Caío....
acto seguido se afana, lo recoge, lo endereza, lo suelta con mucho cuidado sobre la superficie del agua, y cuando, tambaleante, se queda derecho, los dos gritamos a la vez llenos de alegría:
- ¡¡¡¡¡¡¡FLOTA!!!!!!!!Y así una vez y otra vez, un pato tras otro. Cuando terminamos, siempre hay algunos que, con la agitación, se han vuelto a caer de lado, así que el juego puede seguir indefinidamente... Y, todas las veces, mi niño pone todo el cuidado y al final, consigue que el patito en cuestión se aleje tambaleando y chocando con los demás y con las paredes de la bañera.
Pero hay un pato que no flota. Fue mal diseñado de nacimiento: tiene el cuello un poco más alto y no puede conservar el equilibrio. Con este pato el juego se trunca: se convierte en un eterno "oooooohhhh! Caío" que se repite monótonamente. Con este pato pensé al principio "este pato le frustra. Tiene muchos otros válidos: voy a hacerlo desaparecer sin que se dé cuenta." Estuve a punto de hacerlo, pero, de repente, miré al pato más grande de todos, que tiene una base muy ancha y que es prácticamente imposible que naufrague, a menos que te empeñes mucho en ello. Ese pato tiene una base ancha donde caben patos más pequeños. Así que cogí al pato discapacitado y lo puse encima, derecho, miré a mi niño y le dije con voz muy rotunda "¡¡¡¡¡¡¡¡FLOTA!!!!!!!!" Mi niño entendió, y prosiguió el juego.
Ese día los dos aprendimos que el que el pato grande ayude al pequeño, también vale.